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GHB, el cómplice silente del agresor sexual moderno

01/12/ 2017

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Como sociedad debemos asumir un rol más vigilante y evitar complicidad con el agresor, que su único propósito torcido y violento es demostrar un poder ficticio sobre un ser indefenso

foto-CSMV

Por: Carmen S. Maldonado-Vlaar, Catedrática UPR

La droga ácido gammahidroxibutírico (GHB) es actualmente el cómplice farmacológico de muchas violaciones sexuales en Puerto Rico y a nivel mundial. Conocida en la calle como el “Easy Lay”,“Liquid Ecstasy”, “G”, “Liquid X” y “Liquid G”, GHB está catalogada como una droga del mayor potencial de abuso de nivel I por la ley federal de sustancias controladas. Sus efectos psicotrópicos incluyen la euforia, el aumento de libido, la sedación y la disminución de la ansiedad. GHB también induce efectos nocivos como sudor excesivo, pérdida de conciencia, náusea, vómitos, alucinaciones, amnesia y coma. En dosis altas, GHB puede ser letal.

Paralelamente a su popular uso recreacional, GHB ha adquirido una siniestra notoriedad porque en combinación con alcohol es el arma farmacológica del agresor sexual para capturar a sus potenciales víctimas. Con la etiqueta del “rape drug”, esta sustancia de manera sigilosa se añade a una bebida alcohólica sin el conocimiento de la víctima en escenarios sociales como fiestas, barras, restaurantes y discotecas. La combinación de los tragos y GHB resulta en que la víctima entra en un estado de sedación significativo que, aunque en dosis bajas, no impide las capacidades motoras y sí afecta las cognitivas. Lo trágico de este coctel siniestro es que las víctimas no pueden defenderse de esta denigración y luego de la agresión sexual no recuerdan casi nada de los eventos que las marcarán de por vida debido a los efectos amnésicos de GHB.

Para complicar más aún la situación de encausar al victimario, a las agencias judiciales se les hace muy difícil detectar los rastros de GHB con pruebas forenses luego de que las perjudicadas cobran conciencia de la agresión. GHB es producido de manera endógena en nuestro cuerpo y si se ingiere oralmente es metabolizado rápidamente, por lo tanto se hace extremadamente complicado determinar qué concentración de la droga tendría la víctima durante el acto de agresión que sustente su explicación de los hechos. A la víctima trágicamente la paraliza la realidad de la agresión sin entender qué pasó. Testimonios aterradores de que en un momento estaba compartiendo en la fiesta y al otro su cuerpo yace violentado ante lo sucedido.

El calvario de las víctimas es uno intenso y lleno de incredulidad. En el siglo XXI no le debe sorprender a nadie que todavía existan personas que crean que las víctimas de agresión sexual son culpables de la situación y hasta injustamente tildadas de cómplices del agresor. El hecho de que aleguen que no se acuerden o que no dieron resistencia al agresor en la mayoría de las ocasiones las estigmatiza aún más ante los ojos de su familia, amigos, los investigadores o fiscales. En una sociedad machista como la nuestra, las mujeres que frecuentan estos lugares alegres y de baile son presa fácil de la crítica y de este truco vil de drogarlas inadvertidamente. Cada vez más conocemos de más casos de universitarias o jóvenes profesionales que se vuelven blanco de esta agresión facilitada por el nefasto GHB en los momentos productivos de sus vidas. Muchas víctimas, conociendo lo cuesta arriba que sería el proceso judicial, en el cual rara vez encontrarán un aliado, deciden no reportar la agresión. Esta decisión con consecuencias permanentes en su psique deja en ellas la marca psicológica y física no deseada del agresor como el carimbo esclavista, como la letra escarlata, como una cicatriz en su dignidad que nunca se podrá borrar.

Como sociedad debemos asumir un rol más vigilante y evitar complicidad con el agresor, que su único propósito torcido y violento es demostrar un poder ficticio sobre un ser indefenso. Primero, es imperativo seguir apoyando la investigación sobre los mecanismos de acción de GHB en el cuerpo y cómo optimizar las estrategias forenses de detectar efectivamente la sustancia en las víctimas. Si somos testigos de esta estratagema ilegal en los escenarios más atractivos de socialización modernos, debemos reportarlo y solidarizarnos con las víctimas. Además, cuando las víctimas, con gran valentía y arriesgando mucho de su estabilidad personal y social, decidan reportar lo ocurrido, no les neguemos credibilidad, apoyemos sus gestiones y sobre todo despojémonos de los prejuicios que perpetúan el discrimen hacia la víctima. Ninguna de ellas se merece un futuro sin retribución y recuperación genuina.